domingo, 10 de mayo de 2009

Crónicas de un Domingo.

Me levanté descansado pero incómodo. Sin remera, como de costumbre; el frío se colaba por las sábanas. Ya me había despertado unas horas antes, así que debía ser hora de levantarse. Desarmé las frasadas que me rodeaban y bajé de mi cama, con cuidado de no pisar a Teo, que dormía abajo mío. Para mi sorpresa mi holgazán hermano no estaba, así que miré en dirección a la Play Station 2, pero tampoco estaba ahí. Luego de despejar mi cabeza de dudas, recordé que había idose a dormir a lo de su novia, y fue en ese preciso momento en que pensamientos usados en que los protagonistas eramos Stefi y yo inundaron cada habitación de mi cerebro.
Salí enseguida de mi oscuro cuarto, para apaciguar esas imágenes en mi cabeza, pues, ya tendría tiempo para extrañarla. La luz del ventanal no me pegó tan fuerte como creí, aunque en cuestión de segundos me encontré cerrando la puerta del baño.
El primer espejo, el frontal, me dejó ver mi cara hinchada y roja, junto a una reunión de locos pelos en la corteza de mi cabeza. El espejo lateral me dio un panorama de mi cuerpo entero: Hombros caídos tapizados por pequitas que pocos conocían, un pecho pálido y ardiente al tacto, un abdomen marcado por los golpes del día anterior, un pantalón caído que dejaba a la vista oscuras vellosidades.
Recordé con una instantánea sonrisa en mi cara que abajo había pizza de jamón y ensalada de frutas. El único obstáculo hasta aquel manjar madrugador era mi mamá, no tenía ganas de saludarla. Pasé disimulando pero al mirarla me estaba señalando, me acerqué rápido con un beso frío. Me habló unas palabras y me fui. Bajé las escaleras corriendo, di pasos suaves para no despertar a mi padre. Abrí la heladera, saqué la pizza y comencé a disfrutarla. Al cabo de dos porciones oí a mi progenitor acercarse. Por alguna divina razón, cuando estuvo lo suficientemente cerca, amagué a darle un codazo en el estómago (Haciendo una especie de referencia a las clases de defensa personal que me dio el día anterior) a lo que confirió un "Por qué tanta violencia?" . Seguido de un "Pero había torta!" al ver a la jugosa pizza. Nuevamente esa sonrisa se pegó a mis labios como si fuera un sticker. Mientras él hacía el mate, yo corté la torta. Esperando tener un desayuno de padre e hijo, tomé una porción y se la alcancé, pero en vez de sentarse, continuó con su bebida amarga. Le seguí como perro faldero, hablandole de lo rica y perfecta que era la torta. Al morder la suave textura, mi boca se vio rellenada con un manantial de alguna sustancia alcohólica que daba un toque encantador a la esponja de chocolate. Mi padre terminó de comer y se fue a su cuarto, mientras que yo mordía mi tercera porción y pensaba en el día que me esperaba.

1 comentarios:

Indignada dijo...

Que rica es la pizza, sobre todo cuando uno llega de alguna salida, y sabe que la encuentra ahí fria en la heladera, lista para comer.

(Nada que ver con vos, que la desayunaste, pero tenía que decirlo!)

Buen Blog, me gustó.

Beso

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